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Deportistas de Osprey: Timmy O’Neill

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Clínica Oftalmológica del Sur de Sudán Practicando slackline en Utah Edificio Chrysler en la ciudad de Nueva York Orfanato de elefantes en Kenia Escultura en Denver Cima El Capitán

Timmy O’Neill

Atleta y magnate de los medios patrocinado por Osprey

Mochilas favoritas: Aether 60, Aether (1999 vintage),Torque, Echo

Camino por el aeropuerto de Ámsterdam con una caja con tejido humano. Dentro de la estructura de cintas, poliestireno y hielo hay casi una docena de córneas, cosechadas como semillas, de las "vainas" de nuevos donantes. Las terminales están ajetreadas con pasajeros con miles de rumbos y millas. Veo imágenes atrevidas de modelos publicitando perfumes. Sus ojos miran con furia detrás del vidrio, como si me hubieran atrapado codiciándolas, como si conocieran de mi cargamento. Estamos llegando tarde a la puerta de embarque. Delante de mí camina con prisa el Dr. Geoff Tabin, un oftalmólogo líder a nivel internacional que ha dedicado su vida a revertir la ceguera en el mundo a través de una organización de la cual es cofundador, el Himalayan Cataract Project (HCP).

         HCP es un nombre impreciso, ya que, como tantos de sus proyectos, ahora operan dentro del continente africano. La energía de Tabin es legendaria y su actitud ante la vida es poco ortodoxa, hasta el punto que hizo una pausa en sus estudios de medicina en Harvard para establecer el primer ascenso al Monte Everest. Eso hizo que fuera mi tutor perfecto. Nos conocimos hace unos años en un festival de cine de montaña, donde ambos hicimos presentaciones; Geoff hablaba sobre la cura de la ceguera y yo compartía historias cómicas sobre aventuras de alpinismo con atletas con capacidades diferentes.
         "Eres el segundo presentador más gracioso que jamás haya conocido", dijo cuando me detuvo en la acera. "Y tú debes ser el primero", contesté, confirmando de forma tácita mi aceptación de nuestra sociedad de apreciación mutua. “No, no, tú eres un tipo gracioso, deberíamos ir a escalar”.

         Estábamos a unos pies del suelo y disfrutábamos de una mañana pintoresca en las montañas de San Juan, cuando dijo casualmente, "Deberías venir a África conmigo y ayudarme en una clínica donde se trata la catarata". Pensé, de casualidad que puedo sacarme una pestaña del ojo, no quiero imaginarme lo que será ayudar a alguien a curar la ceguera. Y aquí estoy, peleando con la seguridad holandesa, que finalmente me dejó a mí, y a las córneas, subir a un avión rumbo a Nigeria.

Lo fantástico de Tabin es que a pesar de ser una mezcla del alma generosa de Madre Teresa y Fred Hollows, el innovador australiano que hizo que el valor de la operación de cataratas se redujera para que pueda realizarse a más personas, no solo se ocupa de las cataratas. También tiene partes de Marco Polo y Edmund Hilary, con una medida agregada de Houdini y una pizca de sabio Asperger de cuarto grado. El punto es que aunque está en su etapa de madurez, su cabello comienza a ponerse canoso y algún día puede ser canonizado, mantiene la robustez de cuerpo y mente que lo impulsó hace décadas a escalar los picos más altos en los siete continentes. En el fondo, es un gitano alpinista que roba duchas, tiene las manos llenas de costras y duerme en el suelo. Valora la vida al aire libre tanto como su trabajo dentro de la sala de operaciones.

La semana antes de nuestro viaje, Geoff me llamó desde Chicago, donde visitaba a su padre que había sufrido un infarto. “TO, debemos comprar los pasajes” gritó al teléfono desde un concierto de blues.  “Asegúrate de empacar para ir a la Roca Zuma”. Después agregó con seriedad, "Y lleva tu amuleto de la suerte, O’Neill”.

         “¿Por qué?” Pregunté, sin estar seguro sobre si estaba bromeando.

         “Porque la Roca Zuma tiene una maldición y la única persona que la escaló está muerta; y otras dos personas lo intentaron y no pudieron”. Después contestó otra llamada y cortó rápidamente. De inmediato, busqué en Google y descubrí que no estaba bromeando. Resultó que no solo curaríamos la ceguera evitable en África, también escalaríamos una ruta importante con un historial de muerte.

 

"Bienvenidos doctores" vocifera el Dr. Abdulkadir Rafindadi, un hombre robusto y bonachón, cuando llegamos al Hospital Universitario Ahmadu Bello. Se limpia la frente, que suda permanentemente, con un pañuelo. Sus anteojos recuerdan el interior de un invernadero. "Caballeros, pasen, cúbranse del sol. Ya tenemos más de cien pacientes con cataratas y los que aguardan un trasplante están esperando".

         No corregí el error que cometió Rafindadi al tratarme como doctor. Debe ser parecido a lo que siente el técnico que repara las guitarras cuando aparecen grupies en los camarines, a pesar de que reconozcan al cantante principal, no es necesario aclarar quién pertenece a la banda. 

         "Muy bien TO, vamos a trabajar", dijo Geoff, toma la caja con las córneas y camina hacia el edificio, y se pierde en la oscuridad.

 

         Nos quitamos el polvo de la Roca Zuma, la exploramos antes de llegar al hospital y no tuvimos ningún efecto atribuible a la maldición, y nos desinfectamos las manos. Debido a que solo tenemos quince tejidos, Geoff debe seleccionar a los más aptos de los casi treinta candidatos. Al principio, pensé en el estoicismo de los que estaban allí reunidos, sentados en bancos de madera desparejos, agachados en el piso, las moscas zumbando y ellos apenas se movían. Pero después me di cuenta de que estaba juzgando su supuesta incomodidad desde mi perspectiva, quizás era estoico para los occidentales, pero ellos simplemente estaban siendo... ellos. Tenemos el índice de dolor de nuestra niñez.

         Llevo del brazo a cada paciente a un cuarto oscuro y los siento detrás de una lámpara de hendidura que ilumina y magnifica el ojo. Coloco la pera y la frente del paciente contra unas correas estabilizadoras. Se transforman en una mirilla humana. Geoff utiliza una lente adicional para mirar a través del ojo, para asegurarse de que la retina esté viva. No tiene sentido colocar una ventana nueva en una casa vacía.

         Uno de los últimos pacientes es una joven tímida de unos dieciséis años, con su cabello con trenzas ajustadas. Su nombre es Gloria Caleb. Tiene ceguera bilateral y avanza muy lentamente por la sala. Tiene puesto un par de jeans y un buzo con capucha; parece perdida.

         “Hola Gloria, ¿cómo estás?” preguntó Geoff.

         “Bien, gracias” contestó, con voz temblorosa.

         Gloria habla inglés fluido y asiste a una escuela local para no videntes desde hace siete años.  Cuando tenía siete años, un compañero con el que estaba jugando le pegó accidentalmente con una piedra en su ojo izquierdo. Se desprendió su retina y su ojo se cerró de forma permanente. Dos años después le entró basura en su ojo derecho y su abuela la llevó al curandero local para que se la quitara. "Cuando me llevó allí, yo estaba muy asustada y escapé", dijo, "sé que ese hombre hace cosas muy alocadas".

         La volvieron a llevar a la fuerza al supuesto curandero y se volvió a escapar. Cuando la volvieron a atrapar, no pudo escapar con la vista intacta. "Grité y lloré y les pedí que, por favor, no me dejaran ciega", dijo.
         Los curanderos locales de Nigeria, a los que generalmente se los describe como médicos vudú, utilizan una variedad de hierbas y raíces medicinales, partes de animales, amuletos y conjuros sobrenaturales en sus remedios. Se ha creído por siglos que proporcionan alivio a través de medios tradicionales, pero en algunas ocasiones causan daños irreparables, e incluso la muerte, con sus prácticas totalmente negligentes. En el caso de Gloria, el hombre usó una escobilla para, literalmente, barrer la superficie de su ojo derecho, transformando la córnea en una masa opaca.

         "Me cepilló el ojo varias veces y dolía muchísimo, pero hicieron oídos sordos", relata con tristeza.

         Un residente oftalmólogo nigeriano que también estaba escuchando le dice "Sí, tu historia es patética (en el sentido de conmovedora) y he escuchado historias peores aún, pero ahora tienes suerte y estás recibiendo asistencia. Hasta es posible que vuelvas a ver".

         Este énfasis en aceptar el destino que nos toca y seguir adelante parece más común en lugares donde hay pobreza absoluta, quizás se deba a que comienzan con menos para perder.

         "Sí, espero volver a ver", dijo y comenzó a llorar.

         “Gloria nos vamos a encargar de tus ojos”, dijo Geoff. Y yo no podía cerrar la boca y sus lágrimas me sorprendieron, como si tuviera la sensación de que la ceguera hacía a una persona inmune al sufrimiento.

 

Generalmente, estas clínicas donde se tratan las cataratas deben realizar una preselección entre una gran población dispersa que, por lo general, camina hasta el sitio, seguida de cientos de cirugías, con noches y días largos y agotadores. Tabin y sus compañeros expandieron el modelo de paracaídas, de llegada, reparación y salida, para incluir no solo el legado de la vista sino también el de la infraestructura. Se asociaron con médicos oculistas autóctonos recién iniciados y otros ya establecidos con el fin de proporcionar una capacitación integral, equipamiento e instalaciones con el objetivo de ofrecer cuidado y prevención accesible a largo plazo mediante la educación. A pesar de que Geoff trabaja a velocidad de la luz y exige que el cumplimiento de su equipo sea extraordinario, el énfasis está en capacitar al personal existente para tener nuevos médicos que puedan hacer el trabajo.

Nunca ha habido una clínica de córneas de este tamaño en Nigeria. Me pregunto si será eficaz, si realmente vale la pena el desafío de llevar y colocar estos valiosos tejidos. El cuidado posoperatorio es esencial: mantener el área limpia, administrar las gotas de forma rutinaria, asegurarse de que se atienda inmediatamente a los pacientes que tengan suturas sueltas o inflamadas. No es un ejercicio sin sentido en vanagloria, la gente necesita ver y los médicos necesitan aprender. Parece muy difícil y con un resultado algo incierto. Después me di cuenta de que estoy describiendo prácticamente cada instancia donde hubo un avance increíble, gracias a la convicción y perseverancia de unas pocas personas muy trabajadoras. Requiere de una visión excepcional, quizás una que linde con el delirio, para percibir la posibilidad de cambio en el mundo monocromático de los no videntes de esperanza.